Nostalgias y un mañana.


Las mismas horas solas
me esperan
una y otra vez.

Las mismas, vacías.
Al llegar a casa
al dormir...

Al despertar soy escarcha
helada, frágil.
El vaho triste
que gotean los cristales.
La luz gris
de una mañana de invierno.

Una silla ocupada en la cocina
en silencio, con la mirada fija.
Un café
ausente
entre nostalgias y un mañana.


Un tres de noviembre.



Huele a naranja el tren.
A otoño ocre, tras la ventanilla.
Dentro la gente charla, lee y duerme.

Ya ha pasado el medio día
y el sol entra en el vagón, tímido
desde la esquina izquierza.

Apenas queda una hora
para llegar a casa.
Me lo dicen los árboles, mi tierra
y las casas de piedra.
El cielo azul y la helada
que caerá esta noche.

A mi lado está él.
Soportando
el peso de mi pierna ahora mismo.
Y mi mal genio cada mañana.






Calándome.



Aire húmedo de otoño.
Vuelve
como la lluvia que empieza y no para.
Como charcos pisados una y otra vez.

Hoy anduve bajo esa lluvia
calándome, mientras corría
acalorada en mi vestimenta de invierno.


Sorteando a gente con paraguas
y a los coches por la carretera.
Me sentí más viva que ellos 

y eso me gustó.

Ahora ya en casa
puede que me sienta más muerta.

Y es posible que lo esté.
Pero resurgir
es un instante.



Cuatro paredes.


Son estas cuatro paredes sin sentido
de interior hueco
trasnochado de horas que deambulan
entre el ayer y el mañana.
Sin hoy. Hueco.

Ausencia
de mi misma en mí, que escapa
del hueco, de las horas...
Que escapa
en un parpadeo, se pierde.
Se va.



La otra mitad.


Cuando estoy triste
me drogo y duermo.
Las horas no pasan.
La oscuridad
me protege de un nuevo día
igual al anterior.

La persiana bajada.
La puerta cerrada.
La cama vacía, y yo
bajo la colcha
la otra mitad.


Automatismo de un goteo.


Tal vez sea sólo un suspiro
monótono
puesto en automático
insomne y aburrido.

Un goteo continuo
de un viejo grifo
que alguien, algún día
olvidó cerrar.



Gravilla.


Hermética, al vacío
mi mente.
Contra la intemperie del tiempo, las horas
y el No.

Vagabunda de la nada.
Sangre de gravilla en los demás.
Yo, trapos rotos
recosidos, en cada minuto que paso a solas.

Desesperanza del que quiere
y no puede.
De la sumisión del alma en asfixia
...y el frío de la incertidumbre.

Bochorno.


Sigue siendo noche
en esta habitación cerrada.

El sol quema ahí afuera
y la vida me arde
dentro
como hielo que corta.

Nubarrones de bochorno
en los pulmones
densos
como pensamientos circulares.

Vagabundos en el No Future.


A veces nadie.


A veces me vuelvo inexistencia
vacía, transparente.
Sombra callada
que se disipa, desaparece.

A veces me sobra la piel
y los ojos
siempre húmedos de verte lejos.

A veces, nadie nos ve morir.




Goteo de ausencia.


En el tímpano.


Vuelvo a mi árbol hueco
bosque de nadie.

Vuelvo, el verano está ahí fuera.
Se escuchan adolescentes en celo
luz amarilla y pájaros trinar.

Yo sigo siendo invierno
despertares mudos y días sordos.

Graves en el tímpano
para aliviar vacíos
distancias.
Callar las penas
seguir latiendo.

Otro día, otra noche.
Más horas.
¿Qué importa?

Vuelvo, a mi árbol hueco.
Okupo y resisto.